Dice mi hermano y compañero Óscar que los abogados deberíamos cambiar ese nombre por el de esperadores, y tiene toda la razón. Ayer, para no más de dos horas de trabajo real y efectivo, permanecí en los Juzgados más de ocho horas repartidas entre paseos por los pasillos de la Justicia, sentadas en sus bancos de misa o respirando el aire inmundo de sus calabozos. Al salir el aire de Madrid me pareció limpio, lo inspiré con fuerza y sentí que me concedian la libertad provisional.

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