La junta

Entré en la oficina y pensé que me he equivocado de sitio, que me había metido por error en el plató de Cuéntame. Un viejo recepcionista me invitó a pasar a una sala de juntas; alrededor de una inmensa mesa de vinilo rojo, observados desde las paredes por familias en bañador sesentero y alguna sueca tumbada en la hamaca de una playa sin apenas construcciones, se sentaban en sillones-huevo una docena de ancianos de dedos sarmentosos acompañados por un par de maduros herederos uvabronceados. El hilo musical, con su daba daba dabadá, acompañaba la lectua de la memoria y el balance, hasta que el crujido de los asientos al llegar a la cuenta de pérdidas y ganacias lo hizo inaudible. Los doce se frotaban las huesudas manos al escuchar el tintineo de los frutos de su larga espera bajo la atenta mirada de los herederos, que contemplaban a los longevos socios con la desesperanza de la inactividad perpétua.



Credo



Siempre supe lo que quería, lo que era -lo que soy- aunque me engañara una, otra, otra, y otra vez; soy consciente, pero nunca moví, ni tal vez moveré, un dedo por conseguirlo, el miedo me atenaza, me amarra a mis fantasmas; sin embargo, me imagino libre, por eso creo, escribo o canto, para hacerme pasar por otro, para creer en mi más allá, para tener una fe, algo que adorar... Creo que tengo otra vida, una interior... pero sólo soy un bluff... AIRE... ahorá se que Peter Pan no puede volar, nunca pudo hacerlo... ahora sé que Campanilla puede hacer un remiendo, un zurcido, pero que no sabe coser una sombra rota, pese a todo, por las noches, me asomo a la ventana con la esperanza de que se pose en mi terraza y me invite a acompañarle a NUNCA JAMÁS.



Adicto


Adicto consciente —que no responsable—, le gusta beber hasta que, en la embriaguez, nota gorda la lengua que arrastra al silencio sus palabras, que roza los dientes, que a su contacto se afilan, de vampiro, ansiosos de libar el flujo de sus más recónditos pensamientos, de los anhelos inconfesables; fumar hachís hasta que se escinden en mil, a mil por hora en loca carrera y pierden el gris de lo cotidiano para tornasolarse, caleidoscópicos, aparentemente coherentes, vívidos y tangibles. Cuando lo hace, se habla como nadie se atreve a hacerlo, se cuenta secretos inconfesables con frases sin letras que cantan los coros de ignotas sinfonías intranscribibles al pentagrama, sin tinta ni voz, que esconden los renglones de su vida que nadie, jamás, leerá, los de la mentira en la que se instaló hace tiempo.